KARLOS SANTAMARIA LIBURUAK
 
 LA IGLESIA HACE POLÍTICA
 
El «programa político» de la Iglesia 

¿Podemos en realidad hablar de un programa político de la Iglesia? Evidentemente, no tratamos de dar aquí a esta expresión un significado estrictamente técnico, como el que tienen los programas de los gobiernos y los partidos políticos, o los acuerdos, pactos y «contratos de legislatura» entre los partidos dentro de los regímenes democráticos modernos. 

Es evidente que, en nuestro caso, no podría tratarse de nada de esto. En primer lugar, porque, como ya sabemos, la Iglesia no tiene una función política directa y específica, y en segundo término, porque los medios y formas de realización de las sugerencias y metas políticas que ella presente al mundo quedan, y deben quedar, en manos de los gobernantes, de los políticos y de las instituciones civiles. Estas formas y modos de realización de las mismas pueden ser muy diversas, según las situaciones y las circunstancias de cada pueblo y el genio o la vocación propia de cada familia política, y la Iglesia siempre ha afirmado la legitimidad y la necesidad de este pluralismo. 

Pero sí puede hablarse del programa político de la Iglesia en un sentido más amplio: un sentido adecuado a la naturaleza de la Iglesia y a la función directiva de la Jerarquía respecto del quehacer político bajo el punto de vista de la moral, la fe y las costumbres. 

«La acción política debe ser subtendida —escribe Pablo VI en la Octogesima adveniens— por un proyecto de sociedad, coherente en sus medios concretos y en su inspiración, que se alimente de una concepción integral de la vocación del hombre y de sus diferentes expresiones sociales». 
En lo que vamos a decir se trata, pues, más que de un «programa» político, de uno de esos grandes «proyectos» políticos que subtienden la acción política, y que en nuestro caso no puede ser confundido con una ideología determinada. 

Ahora bien, Pablo VI hace a continuación una observación de la mayor importancia: la preparación de ese género de proyectos «no pertenece al Estado, ni siquiera a los partidos políticos». Son los grupos culturales, científicos y religiosos, es decir, lo que pudiéramos llamar las fuerzas morales e intelectuales de la humanidad, quienes libremente, con la libertad de adhesión que ellas suponen, al margen de las exigencias inmediatas, y a menudo acuciantes, de la política, y procediendo, por decirlo así, «de manera desinteresada», deben desarrollar en el cuerpo social estas concepciones últimas o metapolíticas, en las que únicamente puede apoyarse la acción política propiamente dicha. 
Pretender que las ideologías que dirigen la política pueden ser impuestas por el Estado o por determinados partidos constituye la forma moderna más útil y peligrosa de la tiranía92. 

La acción política en una sociedad determinada presupone la existencia de una civilización, de una cultura, de una reflexión colectiva, obra de pensadores, de filósofos y sociólogos funcionalmente independientes de la política. 

Al hablar del programa político de la Iglesia nos referimos, pues, a un programa o modelo de sociedad, que en este caso sería el fruto de una inspiración evangélica. 

Ahora bien, la Iglesia no ha elaborado precisamente un código en que el contenido de su «proyecto» haya sido presentado en forma sistemática. En cambio, sobre todo en estos últimos tiempos, ha multiplicado sus directrices, sus consejos y sugerencias, puestos completamente al día y que aparecen repetidamente enunciados en un gran número de documentos eclesiales. 

Pese a lo que quieran decir sus detractores, la mayor parte de estos documentos, de todos conocidos, son de una notable viveza y actualidad. 

Quien se lo propusiera podría recoger en esos mismos textos abundante cosecha de frases y tratar de construir una especie de sylabus al revés, es decir, no un sylabus condenatorio y destinado a frenar el progreso del mundo profano, sino todo lo contrario, a abrirle ampliamente las puertas. 
Sin embargo, no tratamos aquí de hacer semejante enumeración o catalogación, que nos parecería más propia para ser evitada que para ser imitada. 

Procediendo, pues, con esta libertad podremos preguntarnos ahora cuáles son en realidad las ideas centrales de ese gran proyecto político actual de la Iglesia, al que queremos aludir. 

A nuestro juicio, la Iglesia invita hoy a los hombres a construir una sociedad que esté centrada sobre unos cuantos puntos estratégicos, algunos de los cuales están ya en el ambiente y reciben —por lo menos, teóricamente— el aplauso de gentes de todas las ideologías. Son ideas que hoy tienen amplia «vigencia colectiva» y que la Iglesia reconstruye y consolida a partir de una visión sapiencial cristiana. 

Estos puntos podrían ser, por ejemplo, los siguientes: primacía del hombre y de sus derechos naturales, cívicos y sociales; justicia y libertad para los pueblos; defensa de los pobres y de los oprimidos, sean individuos, clases, razas o naciones; igualdad, solidaridad y fraternidad entre los hombres frente a discriminación o explotación clasística; oposición a la violencia y al empleo sistemático de la fuerza; oposión a la guerra y a la política de armamentos; exigencias imperativas del bien común frente a los intereses y apetencias privadas; imperio de la ley y de la autoridad frente a la anarquía y el desconcierto; participación democrática de los ciudadanos en las decisiones y responsabilidades públicas frente a dictadura tecnocrática; modelos de crecimiento genuinamente humanos; objetivos morales, y no meramente economísticos y utilitarios, para los hombres y las sociedades; defensa del individuo y oposición al individualismo; estructuras más adecuadas al progreso y a la transformación de la vida social del hombre; mayor equidad en el reparto de los bienes y de los rendimientos del trabajo humano; dignificación del trabajador; necesaria socialización, al mismo tiempo que fomento de la iniciativa privada en todos los órdenes; orden internacional reforzado por nuevos poderes y fundado en una mayor justicia en las relaciones entre los superpoderosos y los infradébiles. 

Esta lista no es, en modo alguno, exhaustiva: podría, por el contrario, prolongarse y diversificarse; pero basta para dar una idea de lo que, a nuestro modesto juicio, serían las grandes líneas maestras del programa político de la Iglesia para el mundo de hoy. 

Así está para nosotros completamente claro —y ya lo hemos dicho repetidas veces— que la Iglesia ha adoptado hoy una postura decidida en defensa de los derechos humanos, cosa que en otros tiempos no había ocurrido ni podía quizá ocurrir por razones históricas, coyunturales, sociológicas e incluso filosóficas. 

Este hecho no constituye una actitud completamente nueva con respecto al pasado inmediato, pues Pío XI y Pío XII habían ya iniciado el camino, y los Pontífices actuales no han hecho sin ensancharlo y perfeccionarlo. 

Pero la Iglesia de hoy no se limita a hacer esta defensa en el plano de los principios generales, sino que exige —en la medida en que ella puede hacerlo— que los mismos tengan una aplicación concreta y efectiva dentro del marco de la legislación y de la práctica jurídico-política de cada pueblo. 
De hecho —dice Pablo VI—, los derechos humanos son todavía demasiado a menudo ignorados e incluso ultrajados o, en otros casos, el respeto que se les aplica es puramente formal. En muchas situaciones, las legislaciones se encuentran retrasadas respecto a las situaciones reales»93. Pablo VI se interroga sobre los medios para llevar a la práctica de cada Estado el respeto a la Declaración Universal de los Derechos Humanos: «¿Cómo encontrar el medio de dar a las resoluciones internacionales su efecto en todos los pueblos? ¿Cómo asegurar los derechos fundamentales del hombre cuando son escarnecidos? En una palabra, ¿cómo intervenir para salvar a la persona humana en los lugares en que es amenazada? ¿Cómo hacer para que los dirigentes políticos de cada pueblo adquieran conciencia de la necesidad de respetarlos, como un patrimonio esencial de la humanidad? Sería vano proclamar derechos si no se pusiese al mismo tiempo en juego los medios necesarios para hacerlos respetar por todos y en todas partes»94. 

Y recogiendo las palabras de Juan XXIII en la Pacem in Terris, exclama: «Ojalá pueda llegar pronto el momento de que la Organización de Naciones Unidas garantice eficazmente los derechos de la persona humana»95. En su discurso a la O.I.T., en el Palacio de las Naciones de Ginebra96, insiste en esta misma idea de la efectividad: «Luchad valerosa e incansablemente contra los abusos siempre renacientes y las injusticias incesantemente renovadas, obligad a los intereses privados a someterse a la visión más amplia del bien común (...), comprometed a las naciones a ratificar (los derechos) y adoptad las medidas para hacerlos respetar». 

Está, pues, bien claro que para el Pontífice la defensa de los derechos del hombre no es una afirmación utópica o platónica, una meta para un futuro lejano, sino un objetivo que puede y debe ser logrado mediante medidas legislativas eficaces y de las que ningún Gobierno debería poder escapar sin caer en el descrédito internacional. 

Lo que la Iglesia «exige», pues, en su «programa político» es que no sólo se proclamen los derechos del hombre, sino que en cada Estado se pongan en acción los medios necesarios para hacerlos respetar de modo efectivo y real. 

Además, en su plataforma política, la Iglesia defiende no solamente los derechos naturales de la persona (el derecho del hombre a no ser tratado como un objeto, a que se respete su vida, su integridad y su dignidad de persona, etc.), sino también los derechos cívicos y los llamados derechos sociales. 

Así, en la Gaudium et Spes —no debería hacer falta recordarlo una vez más— se aprueba el derecho de libre reunión, el de libre asociación, el de libre expresión de las propias opiniones, así como el de la libertad religiosa en su profesión privada y pública97, y «se reprueban todas las formas políticas vigentes que en ciertas regiones obstaculizan la libertad civil o religiosa». 

Llegando todavía a un grado mayor de precisión y de exigencia, el mismo documento conciliar afirma que «allí donde, por razones del bien común, se restrinja temporalmente el ejercicio de los derechos, las libertades deben ser restablecidas cuanto antes una vez que hayan cambiado las circunstancias»98. 

La Iglesia está contra la violencia y contra el uso sistemático de la fuerza por parte de los Estados, ya que el mismo «suscita la aparición de fuerzas adversas, de donde surge, a su vez, un clima de luchas, que abren más y más el camino hacia la violencia»99. 

Lo que no se puede hacer es desvirtuar o deformar esas mismas exigencias de libertad, tratando de reducirlas a enunciados puramente teóricos prácticamente inoperantes, o afirmando que se respetan auténticamente allí donde en realidad se las conculque, y el espíritu de las mismas esté completamente ausente de la legislación. 

Junto al respeto de las libertades cívicas, la Iglesia «exige» también a los poderes públicos la realización de los derechos sociales: el derecho al empleo, el derecho a la emigración sin discriminación por parte del país que acoge100, así como unas condiciones de trabajo auténticamente dignas y personalizantes. 

Ciertas gentes de mentalidad genuinamente neocapitalista dirán quizá que el Papa no entiende de economía y que todo esto no son sino utopías. Se tratará —según ellos— de exigencias que no pueden ser presentadas por nadie que entienda del asunto, por la sencilla razón de que son irrealizables por causa de las leyes económicas, que ellos —naturalmente— declaran tan inalterables como la ley de Newton. 

Sin embargo, Pablo VI rechaza este género de fatalismo —más o menos insincero— de los que se limitan a proponer soluciones malthusianas. En el fondo, al afirmar esa pretendida «irrealizabilidad», ¿no pretenden defender secretamente unos márgenes de beneficios, una libertad de acción y unos derechos del capital y, sobre todo, unas estructuras económico-sociales injustas, que serían incompatibles con la moral que defiende la Iglesia? 

En efecto, la Iglesia incluye también en su «programa» la necesidad de transformar o cambiar las estructuras para que esas famosas leyes fatales de la economía no sigan impidiendo el desarrollo humano. 

Según la Octogesima adveniens (43) deben ponerse en tela de juicio los «modelos mismos de la sociedad» o de las sociedades actuales y «los modelos de crecimiento de las naciones ricas», que conducen trágicamente al empobrecimiento o la depauperación de las naciones pobres. 
Contra esa opinión, Pablo VI defiende «el establecimiento de estructuras en las que el ritmo de progreso estuviese regulado en función de una mayor justicia, en lugar de acentuar las diferencias»101. 

La Iglesia quiere «que se sometan sin vacilación a una severa crítica las estructuras humanas que son tributarias de una época ya pasada». «Transformaciones audaces, reformas profundas», para evitar precisamente que tengan que producirse «cambios arbitrarios y destructivos»102. 
En todo este problema, la Iglesia se sitúa netamente en defensa de los pobres, y en especial de lo que Pablo VI llama los «nuevos pobres». 

«Desde la época en que la Rerum novarum denunciaba, de manera viva e imperativa, el escándalo de la condición obrera en la sociedad industrial naciente, la evolución histórica nos ha obligado a adquirir conciencia de otras dimensiones y de otras aplicaciones de la justicia social. La mutación industrial ha producido nuevos pobres, disminuidos e inadaptados, viejos, marginales, de orígenes diversos. Hacia ellos se vuelve la Iglesia para reconocerles, ayudarles, defender su lugar y su dignidad en una sociedad endurecida por la concurrencia y por la fascinación del éxito»103. 

Por otra parte, en el mundo del trabajo «aún queda mucho por hacer» para introducir más justicia y equidad y una mayor participación del obrero en los beneficios del trabajo y en las decisiones sociales. Es necesario un mejor reparto de bienes y de poderes. «El impacto del nuevo orden industrial y tecnológico, si no es cambiado por una acción social y política apropiada, favorece la concentración de riquezas y de poderes y, en particular, del poder de decisión, quedando éste entre las manos de una minoría dirigente privada o pública. La injusticia económica y la falta de participación social privan al hombre del ejercicio de sus derechos fundamentales, humanos y sociales». 

Si todas estas palabras son algo más que palabras —y, sin duda, lo son— obligan a los políticos que quieran fundar su acción sobre una base moral a unas posturas muy exigentes. Por otro lado, esas mismas palabras muestran con claridad el talante que adopta la Iglesia en relación con los problemas económico-sociales de nuestro tiempo. 

Por otra parte, el «proyecto político» de la Iglesia se sitúa «frente a todas las discriminaciones de derecho o de hecho —étnicas, culturales, religiosas, políticas— siempre renacientes»104. 

En la situación actual, la Iglesia denuncia el individualismo: la iniciativa privada debe quedar sometida de modo efectivo a la realización del bien común de la sociedad. Así, por ejemplo, en la Octogesima adveniens se critica el hecho frecuente de que los medios de comunicación social sean explotados al servicio de fines o intereses privados. Otro ejemplo de piratería, denunciado por Pablo VI, en el que las fuerzas privadas actúan desmesuradamente fuera de todo control moral, es el de las superpotencias económicas, es decir, «las empresas multinacionales que surgen bajo la presión de los nuevos sistemas de producción y que pueden realizar estrategias autónomas, en gran parte independientes de los poderes políticos nacionales, escapando, por consiguiente, a todo control del bien común»105. 

Pío XII condenó ya la mentalidad técnica, que de hecho tiende a eliminar de la política los fines más elevados de la vida humana. Pablo VI se vuelve ahora contra el capitalismo tecnocrático y el socialismo burocrático, que toman decisiones políticas muy importantes en función exclusiva de criterios económicos; contra el gigantismo del Estado y la absorción por parte de éste de las sociedades intermediarias, que constituyen la trama humana de la sociedad civil. 

La Iglesia defiende la justicia, la paz, la personalidad y el desarrollo de los pueblos y de las culturas, aun de las más pequeñas y, al parecer, más insignificantes. Los pueblos subdesarrollados tienen un auténtico derecho al desarrollo, y pueden hacerlo valer, con toda la fuerza moral que les da la razón, ante las otras naciones y en las organizaciones internacionales. Tienen, además, derecho a realizar ese desarrollo por sí mismos, según su propia concepción o su propia cultura. 

La Santa Sede ha realizado un gran esfuerzo doctrinal en este terreno y viene desplegando, además, una actividad creciente en los medios internacionales. Como una de las primeras medidas exige «la equidad en las relaciones comerciales», en especial sobre el comercio de materias primas, en el que los pueblos más pobres son largamente explotados por los más ricos106. 

Aunque no haya llegado a una condenación absoluta y estricta de la guerra, como medio de acción moralmente legítimo en algunos casos, la Iglesia aborrece la guerra y se opone a ella, a la carrera de armamentos, a la fabricación de nuevas máquinas guerreras de poder destructivo incontrolable y a los gastos bélicos, que absorben los recursos de la humanidad107. 

Para superar este estado de cosas, el Papa propone no sólo el mantenimiento, sino el reforzamiento de las instituciones internacionales, la creación de verdaderos poderes supranacionales, todo ello por encima de los egoísmos y soberbias nacionales y de las diferencias ideológicas entre bloques. 
Más aún: lejos de permanecer encerrada en el dominio exclusivamente religioso, la Santa Sede exige su inserción en la vida política internacional del modo que le es propio, es decir, como potencia moral108. 

La presencia del Papa Pablo VI en las más altas instancias de la vida internacional, como la O.N.U. o la O.I.T.; las intervenciones en ese mismo terreno de dirigentes de la Santa Sede, como Mgr. Benelli y Mgr. Casaroli, muestran que la Iglesia, con su actitud de presencia, quiere ejercer una influencia importante en la marcha de la política mundial, y esta acción se desarrolla, en último término, con fines religiosos y por motivos éticos. 

El Papa, «experto en humanidad», ocupa hoy un lugar relevante entre las grandes fuerzas e instituciones morales que conducen, o deben conducir, la humanidad. 

«El Papa no espera ya a que los representantes de los Estados vayan hacia él: él va hacia ellos, a su propia casa, esta casa que se declara constitucionalmente 'neutra'. Ocupa un lugar entre los responsables de las comunidades civiles y lo hace precisamente como Papa, como Jefe de la Iglesia católica, es decir, de una sociedad espiritual. ¿Qué acogida le hicieron estos responsables, en su mayor parte no cristianos o agnósticos? 'Respeto', 'emoción', 'alegría', 'cordial adhesión', 'profundo reconocimiento': tales son las expresiones que he oído el 5 de octubre último en la Unesco, pronunciadas por miembros de su comité ejecutivo. El sabio soviético Sissakian tuvo interés en hacer notar que hablaba en nombre de los ateos, y el profesor Carneiro subrayó vigorosamente el alcance de la visita del Papa en esta 'fecha' histórica, que había visto a los representantes de todas las formas del pensamiento: cristianos, judíos, budistas, sintoístas, librepensadores, reunidos en torno a un líder religioso»109. 

Nadie puede medir la importancia que hechos de esta naturaleza pueden tener para el futuro político del mundo. 

Concluyamos: La Iglesia actual está muy lejos de encerrarse en la sacristía. El conjunto de afirmaciones a que hemos aludido, y que necesitaría una exposición mucho más documentada y detallada que la nuestra, parece autorizarnos a hablar de un proyecto político de la Iglesia para el mundo de hoy y para el de mañana. Este proyecto, aunque se mantenga en el terreno moral de la justicia y del bien común, tiene indiscutiblemente una carga política y marca unas direcciones bien determinadas en los objetivos que hoy debe perseguir la actividad política propiamente dicha. Está, sin duda, llamado a ejercer una influencia sobre la política. La Iglesia busca conscientemente esta influencia, que nada tiene que ver con la antigua teocracia ni con las formas más modernas de clericalismo, y con ello no se sale de su misión religiosa. 

La actitud de presencia espiritual y moral de la Iglesia de hoy en el campo político y social, nacional e internacional —que algunos, fieles a sus prejuicios anticlericales, consideran como una extralimitación, una invasión de la Iglesia en campo extraño—, no la aparta de su misión esencial. 
Al contrario, la ha perfeccionado y le ha dado un mayor relieve en el mundo secularizado de nuestro tiempo. 

Interpretada en este sentido, no vacilamos en repetir y confirmar, al término de este libro, la frase que nos había servido de punto de partida: A su modo y según la manera que le es propia, la Iglesia hace política. Y debe hacerla. 
 

1. Una publicación católica, la revista Mundo Social, establecía, en su número de abril, un pequeño catálogo de índices o señales de esta deterioración progresiva. Entre otras cosas citaba la revista las agresiones a eclesiásticos por los llamados "guerrilleros de Cristo Rey"; las pancartas y gritos antieclesiásticos de la masiva manifestación madrileña del 7 de mayo; la secuencia de notas, encierros y protestas a propósito de la cárcel concordataria de Zamora; la inequívoca declaración del cardenal Jutbany; los rumores que, a un momento dado, corrieron sobre la querella contra Mons. Palenzuela, etc. 
2. Una primera lista —muy incompleta— de documentos públicos que el lector interesado puede repasar es la siguiente: la carta, del 13 de febrero de 1971, del cardenal Villot a Mons. Dadaglio; las declaraciones formuladas por el arzobispo de Zaragoza en noviembre del mismo año; la homilia del cardenal Enrique y Tarancón en enero del 72, en la Asamblea de la Conferencia Episcopal, y la alocución del nuncio a la misma; la nota de la Comisión permanente del Episcopado en junio; el discurso del cardenal primado en septiembre del mismo año, así como la declaración colectiva "La Iglesia y la comunidad política". Por parte del poder civil son importantes: el discurso del almirante Carrero Blanco ante las Cortes, la alusión del Jefe del Estado a las relaciones entre la Iglesia y el Estado, en su mensaje de Navidad de 1973, y la reciente declaración en el discurso de presentación del presidente del Gobierno. El Boletín oficial de la diócesis de Cuenca ha dado a conocer, hace poco, otros dos documentos interesantes: una comunicación del Gobierno a la Conferencia Episcopal y la respuesta de ésta. Con motivo del asunto del señor obispo de Bilbao se han publicado numerosos artículos de prensa, la mayor parte de los cuales revelan un notable desconocimiento del fondo teológico del problema y de su carácter universal y permanente en la vida de la Iglesia. 
3. En este último país sigue aún funcionando la "Pacem in Terris", organización paraeclesiástica oficiosamente apoyada por el Gobierno, nacida después de la primavera de Praga para sustituir a los "curas de la paz", que habían quedado inutilizados. 
4. "Gaudium et Spes", IV, 73. 
5. Documentation Catholique, 1972, 443. 
6. Idem, 547. 
7. "Orientaciones misioneras", por Mons. Maury, antiguo internuncio en Africa negra, Seminarium, 1. 
8. Boletín de la Sociedad de Misiones Extranjeras, París, diciembre 1955. 
9. Como es corriente en la actualidad, llamamos "secularización" al proceso normal de desarrollo y madurez del mundo profano como tal, es decir, libre de la tutela o del control de la Iglesia, y "secularismo" a una ideología sistemáticamente opuesta a la presencia pública de la religión y a la pervivencia de la Iglesia. 
10. Véase más adelante la acusación de Garaudy en el Parlamento. 
11. MAURICE DRUON: "Une Eglise qui se trompe de siècle", Le Monde, 7 de agosto de 1971. 
12. La Croix, 23 de junio de 1972. 
13. "L'episcopat français en face de certains problèmes d'actualité", Doc. Cath., 1955, 717. 
14. "Quelques problèmes actuels de l'Eglise", Doc. Cath., 1965, 746. 
15. "Une Eglise qui se trompe de siècle", Le Monde, 7 de agosto de 1971. 
16. François Houtart y André Rousseau: L'Eglise force anti-revolutionnaire?, París-Bruselas, 1973. 
17. "Mons. Affre y su tiempo", discurso en el centenario del célebre arzobispo que pereció en las barricadas de París en 1848. 
18. Documentos de las Conversaciones Católicas, San Sebastián, núm. 19. 
19. Sin embargo, tenemos que hacer constar —y también esto puede servir de ejemplo— que en este caso se confundieron los acusadores, ya que, tras las primeras tímidas reacciones del cardenal de Santiago, el Episcopado ha publicado ahora un documento en defensa de los derechos del hombre que no deja lugar a dudas sobre su postura, lo que ha hecho decir a un miembro importante de la Junta que "tal vez los obispos están desempeñando, sin darse cuenta de ello, el papel de agentes del marxismo internacional". Afirmación tan dislocada confirma la impresión de que los obispos chilenos no son ciertamente oportunistas. 
20. "La Iglesia y el mundo del trabajo". Audiencia general del 1 de mayo de 1972. 
21. Amour chrétien et violence révolutionnaire. 
22. F. Heer en vol. col. La Fin du Ghetto, pág. 85. 
23. Houtart, op. cit., pág. 107. 
24. Paul Ricoeur en Les chrétiens et la politique, pág. 82. 
25. Daniel Villey: Plaidoyer pour le conservateur, vol. col. "Les chrétiens et la politique", pág. 129. 
26. Documentos de las Conversaciones Católicas de San Sebastián, número 20, pág. 1. 
27. "Acta de acusación contra la organización católica de espionaje y de conspiración en Burgaria", publicada por el periódico El trabajo obrero. Doc Caht., 1179. 
28. Der Weg aus dem Ghetto. 
29. Doc. Cath., 1971, 1957. 
30. Doc. Cath., 1972, 466. 
31. Op. cit. 
32. La palabra "conservador" se utiliza aquí en un sentido universal. Indica la sumisión y adhesión al poder constituido. No olvidemos que en la URSS el partido conservador por excelencia es el partido comunista; el cristiano debe también obediencia a las autoridades comunistas. 
33. "Cum multa", 5. 
34. Encíclicas "Sapientiae Christianae", 34; "Diuturnum", 6; "Dilectisma nobis", 3; "Per grata", etc. 
35. En la encíclica "Per grata" se descalifica particularmente a "los que utilizan la religión para defender los intereses de ciertos partidos", y en la "Sapientiae Christianae" se hace extensiva esta crítica a los partidos que utilizan este procedimiento "para vencer a sus adversarios". León XIII tuvo que librar bastantes batallas contra la politización de la religión. El historiador teólogo Roger Aubert (Documentos de las Conversaciones Católicas de San Sebastián, núm. 19, pág. 30) recuerda, entre otros casos, "las consignas dadas a propósito del carlismo en su carta a los obispos españoles el 18 de diciembre de 1882 y las severas advertencias a Nocedal...". Naturalmente todo esto está ya muy lejos, pero en el mundo actual (un mundo, sin embargo, tan secularizado) sigue habiendo problemas de este género. ¿Quién duda, por ejemplo, de que, a pesar de que ni un solo obispo haya declarado nada al respecto, el Decreto del Santo Oficio condenatorio del comunismo no haya sido utilizado sottovoce, y en forma un tanto tortuosa, como arma de combate en la propaganda de algunos grupos o partidos contra Miterrand, durante la campaña de las elecciones presidenciales francesas? 
36. "Gaudium et Spes", 76. 
37. "El bien común y la persona humana en el Estado contemporáneo". Carta pastoral a la Semana Social de Italia, 1964. 
38. Si en las leyes constitucionales de un país la libertad de la persona es debidamente respetada, la Iglesia no necesita ni reclama privilegios e incluso puede renunciar al ejercicio de ciertos derechos legítimamente adquiridos si se reconoce que pueden hacer dudar de la pureza del testimonio de la propia Iglesia. (Véase "La Iglesia y la comunidad política". Declaración colectiva del Episcopado español, 1972). 
39. "El Estado y, por consiguiente, la vida política son esencialmente laicos, dado que abarcan exclusivamente el aspecto profano y temporal de la existencia humana, el bienestar terrestre exterior necesario para el perfeccionamiento de la persona humana en el puro orden social y civil", y su subordinación a lo trascendente "no roza en modo alguno su carácter temporal intrínseco". P.A. Messineo: Civiltà Cattolica, enero 1952. 
40. Lourdes, 1972. Véanse págs. 26 y 48 de la ed. Centurión. 
41. "Gaudium et Spes", 36. 
42. La propia constitución pastoral pone a continuación en guardia contra lo que sería una forma incorrecta de enunciar este principio, y que consistiría en afirmar que la realidad terreste tiene su principio y su fin en sí misma; que es independiente del Creador y que los hombres pueden hacer con ella lo que quieran, sin referencia alguna a una ley moral superior o trascendente. 
43. "Inmort. Dei", 56. 
44. "Apolog.", 35, cit. Enc. "Diuturnum", 20. 
45. "Diuturnum", 16. 
46. Documento de la Federación luterana mundial, 1970. 
47. José Mª Guix Ferreres: La actividad humana en el mundo, en vol. col. "Gaudium et Spes", BAC. 
48. Discurso a los cardenales, noviembre 1954. 
49. Discurso al Cuerpo diplomático, enero 1967. 
50. Discurso a los miembros del X Congreso Internacional de Ciencias Históricas. 
51. Véase, por ejemplo, José Mª Guix Ferreres: Op. cit., 321. 
52. Discurso ante varios miles de obreros, mayo 1953. 
53. Yves Congar: "L'efficacité temporelle est-elle essentielle su message évangelique?", Documentos de las Conversaciones Católicas de San Sebastián, 11, 61. 
54. Jacques Maritain: Humanisme integral, 117. 
55. Idem, 119. 
56. Alocución al Cuerpo diplomático, enero 1967. 
57. Discurso citado al X Congreso Internacional de Ciencias Históricas. 
58. Mgr. D'Hulst en 1895. Frase recogida por Chenon en la obra El papel social de la Iglesia (Ed. Mexicana, 1946, pág. 165). 
59. Pablo VI, Discurso en la audiencia general del 5 de noviembre de 1969. 
60. Pablo VI, Alocución del 20-10-65. 
61. "Gaudium et Spes", 43. 
62. Audiencia general del 7-5-69. 
63. Audiencia del 10-8-66. 
64. Vraie et fausse reforme de l'Eglise, pág. 65. 
65. En las elecciones polacas de 1946 el cardenal Hlond dictó disposiciones muy severas que prácticamente impedían a los católicos votar en favor de las candidaturas gubernamentales. En las legislativas italianas de 1948 el margen de libertad dejado a los católicos por las instrucciones electorales del episcopado era tan pequeño que virtualmente se les invitaba a votar por unas candidaturas bien determinadas. En cambio, en las presidenciales francesas los obispos han creído oportuno guardar silencio, a pesar de que el partido comunista apoyaba, como es sabido, decididamente la candidatura de Miterrand y la elección de éste como presidente había de implicar con certeza la designación de varios ministros comunistas, alguno de ellos, al parecer, en cartera tan delicada como la de Educación, Circunstancias distintas implican modos de proceder diferentes, pero hay un margen de error en la apreciación de los datos y en la medida de las consecuencias. 
Otro ejemplo: la intervención de los obispos en la promoción del referéndum italiano sobre el divorcio y en su desarrollo, ¿no ha sido un error de cálculo? Sin entrar en la cuestión de fondo, vistos los resultados y juzgando a posteriori, ¿no hubiera sido más prudente evitar un enfrentamiento que no era rigurosamente necesario y en el que la Iglesia, por lo que se ha podido comprobar después, llevaba las de perder? Se trata de cuestiones opinables y que sólo la Historia podrá juzgar con la debida amplitud. 
Este modo de razonar, ¿es maquiavelismo? ¿Es oportunismo o posibilismo? No lo creemos así. Es simplemente una cuestión de "prudencia política". 
66. II.ª, II.e, cuestión 47, art. 15. 
67. Loc. cit. 
68. Se dio el nombre de "mandamiento", y con el mismo solía ser comúnmente designada, a la carta colectiva del Episcopado holandés titulada "Los católicos y la vida pública", un largo y minucioso documento fechado en Utrecht en 1º de mayo de 1954. El mismo puede ser leído en la Doc. Cath., 1954, núms. 1.183, 1.184, 1.185. 
69. Los obispos parecen referirse principalmente al reconocimiento del derecho de los padres a elegir para sus hijos la enseñanza libre que prefieran y, en particular, una enseñanza confesional de acuerdo con sus propias creencias. 
70. 16 de marzo de 1946. 
71. A continuación el Papa alude a las actitudes valerosas de los sacerdotes que se enfrentaron con el régimen nazi, "incluso desde los púlpitos". "Su heroísmo —dice— es hoy admirado por el mundo entero". 
72. Doc. cath., 1946, 1.393. 
73. Propiamente, pero no exclusivamente, precisa la "Gaudium et Spes": "laicis proprie, etsi non exclusive". 
74. "A la conciencia bien formada del seglar toca lograr que la ley divina quede grabada en la ciudad terrena". "No piensen que sus pastores están siempre en condiciones de poder darles inmediatamente solución concreta en todas las cuestiones, aun graves, que surjan". 
75. Para nosotros está fuera de duda que un cristiano puede optar por un sistema capitalista, es decir, un sistema en el que la iniciativa privada tenga un amplio margen de acción y de asociación, a condición de que sean realmente evitadas las enormes lacras esenciales del capitalismo actual; el anonimato y la omnipotencia de las finanzas; sus móviles exclusivamente lucrativos; el siniestro mecanismo de los capitales multinacionales; la despersonalización del trabajo y la apropiación de sus beneficios por unos pocos; la explotación de los pueblos pobres por los pueblos ricos, etc. También consideramos evidente —pese a lo que algunos digan— que un cristiano puede optar por un sistema socialista en el que las grandes fuerzas de producción no queden en manos privadas, sino que sean directamente puestas a disposición de la colectividad, a condición, claro está, de que al hombre individual se le reconozca una esfera de acción propia, un chez soi, bajo el signo de una propiedad personal y familiar suficiente, e incluso amplia, de modo que el logro de la misma pueda ser un legítimo estímulo para su trabajo. La concepción cristiana exigirá que en ese socialismo el individuo y la familia no sean aplastados por la colectividad, que el hombre no sea considerado como un producto de la sociedad, que el Estado no pretenda ser el principio y el fin de la vida humana y que se instituya un conjunto de libertades cívicas esenciales, tanto en el orden de la política como de la cultura, la religión, etc. 
76. "En estos casos de soluciones divergentes, aun al margen de la intención de ambas partes, muchos tienden fácilmente a vincular su solución con el mensaje evangélico. Entiendan todos que en tales casos a nadie le está permitido reivindicar en exclusiva (subrayado nuestro) a favor de su parecer la autoridad de la Iglesia" ("Gaudium et Spes", 43). 
77. "Que toda la actividad temporal de los fieles quede como inundada por la luz del Evangelio". 
78. Pour une politique evangelique, pág. 80. 
79. Politique, Eglise et Foi, Le Centurion, pág. 32. 
80. "Estado laico y Estado laicizante", Civiltà Cattolica, 19 de enero de 1952. 
81. Sin llegar a tanto, este modo de ver las cosas tiene consecuencias en el terreno práctico. Por ejemplo, Mgr. Huyghe escribe: "La Iglesia es muchas veces asimilada e incluso amalgamada con la sociedad humana. (En Francia) la prensa, la radio y la televisión hablan con satisfacción de las "autoridades civiles, militares y religiosas", pero yo me resisto a aceptar esta estereotipia heredada del pasado. Si me agrada encontrarme con los jefes de las sociedades humanas, no considero a éstos como "notables", de los que yo sería el homólogo eclesiástico, sino como hombres a los que reconozco la buena voluntad y en los que aprecio el valor de asumir pesadas responsabilidades". La expresión "los notables" tiene en Francia un sentido bien conocido, y sirve para designar las figuras que hacen y deshacen en el terreno político provinciano. Así a Mgr. Huyghe el papel de ser un notable más entre los notables no le resulta aceptable. 
82. Huyghe: Loc. cit. 
83. Docs. de las Conv. Int. de San Sebastián, núm. 11. 
84. Conferencia "Fe cristiana y acción misionera hoy", abril 1968. 
85. "Genti um", 48. Véase "Gaudium", 38-41-45. 
86. Carta de Pablo VI al cardenal Roy, 14-5-1971. 
87. Los subrayados son nuestros. 
88. "Octogesima adveniens". 
89. Intervención en la semana del pensamiento marxista, enero 1972. 
90. Subrayado nuestro. 
91. Ide, íd. 
92. "No pertenece al Estado, ni siquiera a los partidos políticos (...), el imponer una ideología por medios que conducirían a la dictadura de los espíritus, la peor de todas" ("Octogesima adveniens", 25). 
93. "Octogesima adveniens", 23. 
94. Mensaje de Pablo VI a la Conferencia de Teherán en el vigésimo aniversario de la Declaración universal de los derechos del hombre. 
95. Subrayado nuestro. 
96. Junio de 1969. 
97. "Gaudium et Spes", 73. 
98. Idem, íd., 75. 
99. "Octogesima adveniens", 43. 
100. "Octogesima adveniens", 17 y 18. 
101. Op. cit., 45. 
102. "Populorum progressio" y Carta a la LV sesión de las Semanas Sociales de Francia, julio 1968. 
103. "Octogesima adveniens", 15. 
104. "Octogesima adveniens", 23. 
105. "Octogesima adveniens", 43. 
106. "La Santa Sede y el desarrollo", declaración de Mons. G. Carpio, jefe de la Delegación de la Santa Sede en la segunda conferencia de las Naciones para el comercio y el desarrollo" (febrero 1968). 
107. "Puedan las naciones cesar en la carrera de los armamentos y consagrar en cambio sus recursos y sus energías a la asistencia fraterna a los países en vía de desarrollo. Que cada nación (...) dedique una parte de sus gastos militares a un gran fondo mundial para la solución de los problemas de los desheredados (alimentación, vestido, vivienda, cuidados médicos)". (Pablo VI: "Llamada de Bombay", diciembre de 1965). 
108. Véase Mons. Benelli: Hacia un nuevo estilo de relaciones entre la sociedad temporal y la espiritual. 
109. Mons. Benelli, discurso citado.

 
KARLOS SANTAMARIA KULTURA ATZERA AURRERA