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LECCION VI.Maritain hace notar que, como tantas veces se ha repetido, el cristianismo y la fe cristiana no pueden ser infeudados a ninguna forma política determinada, como la democracia, ni a ninguna filosofía concreta de la vida humana y política, como la filosofía democrática. Ninguna doctrina y opinión de origen humano, por muy verdadera que sea, puede ser impuesta al alma cristiana. Se puede, pues, ser perfecto cristiano defendiendo una filosofía política distinta que la filosofía democrática. Maritain recalca que él no ha pretendido demostrar lo contrario sino simplemente buscar la solución más cristiana y típicamente evangélica frente a un clima histórico concreto como el que actualmente priva en casi todo el mundo. El no ha pretendido, pues, hacer que el cristiano se vuelva democráta
sino, cosa muy distinta, hacer que la democracia se haga cristiana, mediante
la realización de una ciudad temporal personalista, comunitaria y pluralista
y, en cierto modo, cristiana. Esta ciudad temporal, a la que Maritain denomina
Nueva cristiandad —terminología equívoca que ha dado lugar a múltiples
errores y polémicas— constituye una solución práctica, en su opinión, la
mejor y la más cristiana en las circunstancias actuales, es decir, en las
de la Edad histórica que ahora comienza.
Maritain describe de la siguiente manera la situación actual del mundo.
En primer lugar, hay que hacer notar que nos encontramos ante una peripecia
histórica de proporciones gigantescas, iniciada trágicamente, como ya hemos
visto, en el siglo XVI. Las fatalidades acumuladas por la economía capitalista
la desorbitación de la vida humana por la Técnica industrial, cada vez
más poderosa, el enorme desarrollo de las fuerzas anticristianas, la extensión
del materialismo y del paganismo, la diversidad de creencias, la falta
de unidad filosófica... todas estas cosas nos obligan a pensar que es muy
difícil que pueda establecerse una civilización, un régimen de convivencia
que pueda llamarse cristiano, una organización política inspirada vitalmente
en el cristianismo.
La primera dificultad para ello sería que los cristianos no estuviesen preparados para afrontar esta misión civilizadora y se dejaran retener por sus prejuicios de clase o de raza, con lo cual el Evangelio no podría ya vivificar la sociedad terrena sino que las preocupaciones terrenas ahogarían el espíritu del cristianismo. De la larga crisis iniciada en el Renacimiento han brotado a la Historia,
en medio de tantos males, ciertos bienes positivos que hará falta conservar
una vez depurados de su ganga naturalista o antropocéntrica. Para llevarlos
al plano político será preciso realizar una revolución muy profunda que
los cristianos deben llevar a cabo, cumpliendo su misión de fermento social,
de suerte que, a través de ellos, y por medio de ellos la sociedad quede
como impregnada de los valores evangélicos. Maritain no piensa, evidentemente,
en la probabilidad de una conversión total del mundo al cristianismo, sino
en que una sociedad así inspirada y en cierto modo vitalmente animada por
el espíritu del evangelio podría ser considerada como un modelo relativo
de Ciudad terrenal, analógicamente cristiana, aunque con caracteres muy
distintos a los de la Cristiandad medioeval.
La Nueva Cristiandad estaría, pues, asentada en una concepción digna
y elevada de la persona humana y de sus fines. La persona sería su centro,
del que partirían todos los caminos. Pero un concepto de la persona cristianamente
entendido que los cristianos, como minoría animadora y alma de la Ciudad,
habrían de llevar al ánimo de las gentes empleando para ello sobre todo
medios espirituales, medios que Maritain denomina temporalmente pobres,
en contraposición a los medios temporalmente ricos, medios de fuerza, medios
coercitivos que la Edad Media y sobre todo la época del absolutismo consideró
preferibles, y cuya legitimidad reconoce el propio Maritain.
Finalmente haría falta que en esa Nueva Cristiandad se estableciese una estructura económica de colaboración y no de lucha de clases, un régimen económico nuevo fundado sobre principios más cristianos y que habría de suceder al régimen capitalista. Una unidad de raza social vendría por otra parte a reemplazar al concepto de las clases hereditarias y los privilegios familiares que en la Edad Media fueron característicos. De esta suerte concibe Maritain el esquema de la futura Ciudad temporal analógicamente cristiana. La obra común que sus ciudadanos tratarían de realizar sería el mantenimiento de la armonía y de la amistad entre ellos como base de una vida común honorable aquí abajo y como camino peregrinal hacia los fines ultraterrenos de la vida humana. |
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